El adiós

 


Los sabios babilonios y las adivinas de poca monta que pueblan los alrededores del Foro Boario dicen que el destino de cada uno está escrito en las estrellas: preguntan cuándo naciste, y solo con eso saben qué te deparará el futuro. Supongo que la mujer con la que mi madre habló en Herculano, junto al anfiteatro, cuando yo no era más que una niña quiso ser irónica cuando le dijo que mis ojos verdes y mi pelo castaño atraerían la mirada de algún patricio y también que llegaría a lo más alto.

Poco después de hablar con ella, un incendio destruyó el almacén de aceite de mi padre y, aunque logró salvar la taberna, ya no podía mantener a tres hijos y dos hijas. Tal vez fuera una suerte que un joven patricio, el sumo pontífice de los sacerdotes saliares, se aventurara al interior de la taberna, reparara en mí y decidiera llevarme con él a cambio de una bolsa de oro. Yo lo consideré una desgracia, pero para mi familia supuso la salvación: no solo recibieron los denarios, sino que se encontraron con una boca menos a la que alimentar.

Aún recuerdo la larga despedida en el puerto de Herculano, poco antes de que partiera la galera que me llevaría a Roma, donde viviría en el edificio destinado a las vírgenes saliares, las doncellas que ayudan a los sacerdotes saliares en algunas ceremonias. Aún recuerdo el sol que brillaba sobre las aguas del golfo, el bullicio del puerto de Herculano y a mi madre abrazándome antes de volver a repetirme que aquello era lo mejor para todos antes de que l voz fría del sacerdote anunciara que la nave estaba a punto de partir y no podíamos retrasarnos más.

—Aunque no me creas esto no es un castigo, sino una oportunidad —dijo aquella misma tarde, cuando el barco estaba a punto de arribar a Ostia—, un regalo que te hace la vida. Cuando lleguemos a Roma empezará tu adiestramiento y con el tiempo, ¿quién sabe? Tal vez llegues a ser la virgen saliar máxima.

No respondí y continué observando los delfines que saltaban entre las olas mientras, a mi derecha, dos hombres hablaban de la próxima carrera de cuádrigas y del resultado de un combate de gladiadores. Mi propia familia me había vendido como si fuera una res y, aunque me doliera, no habían hecho nada extraño, era algo usual entre los menos pudientes. Lo único que podía hacer era resignarme a mi inesperado destino.

Suspiré cuando, con un gesto, el sacerdote me indicó que había llegado el momento de desembarcar antes de emprender el camino hacia el que sería mi nuevo hogar, un edificio situado en una de las colinas de la ciudad. Recordé los últimos meses de privaciones, comiendo plan duro humedecido en agua o en vino y me dije que, aunque me doliera, tal vez aquella había sido la mejor solución para todos. Bajé de la embarcación y, sin dejar de mirar hacia atrás, avancé hacia la litera que nos conduciría al templo.

Fue un viaje en silencio, durante el que me concentré en observar el paisaje a través de la rendija que formaban las cortinas del vehículo. Cuando por fin se detuvo y descendimos de la litera, la luz me deslumbró, pero fueron tan solo unos instantes antes de que, guiada por el sacerdote, cruzara el umbral del templo y la penumbra me acogiera en el interior mientras el golpe de la puerta al cerrarse me indicaba el fin de la vida que había conocido hasta entonces.


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